Primavera latinoamericana

América Latina va liberándose de la miseria a la que la mayoría de su población fue condenada por las grandes potencias. Si éstas reaccionan ante la pérdida de sus privilegios exorbitantes, el escenario de Iraq podría trasladarse a esta región. El sentido común y el incienso no le hacen mal a nadie
Decepcionados con las tradicionales oligarquías políticas, los electores de América Latina canalizan ahora sus votos hacia candidatos que encarnan la esperanza de cambios capaces de reducir la desigualdad y la miseria. Votan a gente con cara de gente: al obrero Lula en Brasil, al mestizo Chávez en Venezuela, al indígena Morales en Bolivia, al militante de izquierda Correa en Ecuador, al exguerrillero Ortega en Nicaragua. Y quiera Dios que, dentro de poco, Fernando Lugo sea elegido presidente de Paraguay y Rigoberta Menchú de Guatemala.
En Venezuela Chávez refuerza el poder popular instalando los Consejos Comunitarios. Ésa es la única vía por la que los gobiernos democráticos pueden, en efecto, asegurar su gobernabilidad sin correr el riesgo de quedar como rehenes del Congreso y vulnerables a los golpes de Estado orquestados desde Washington, como sucedió en Venezuela en el 2002.
En Brasil Lula optó por la vía parlamentaria, formando una coalición partidista que le garantiza la mayoría en el Congreso, aunque sin metas definidas en cuanto al proyecto de un nuevo Brasil. Los partidos fueron atraídos por el ofrecimiento de cargos en la maquinaria del poder Ejecutivo. Al contrario de Chávez, Lula no se interesa por movilizar a los movimientos sociales, temeroso de que le exijan cambios en la política económica neoliberal, de riguroso ajuste fiscal, y en la política social, que está debiendo la reforma agraria, puerta de salida de las familias pobres que, hoy, dependen de los recursos del Estado para su sobrevivencia.























